Jue. Feb 5th, 2026

Por la Redacción

¡Ni cómo tapar el sol con un dedo, capitalinos! Las cifras que acaban de salir del horno sobre la seguridad en nuestra querida CDMX están para ponerle los pelos de punta a cualquiera. Resulta que el mentado «cobro de piso» se ha convertido en una auténtica pesadilla que no deja dormir a quienes salen a buscarse el pan cada día. Según los datos oficiales, las carpetas de investigación por extorsión se fueron a las nubes, pasando de 473 reportes en 2024 a la friolera de 1,704 casos en lo que va de 2025.

Este aumento del 260% no es cualquier cosa; es un golpe seco a la economía de las familias que mantienen vivo el pulso de la ciudad. La bronca no distingue si tienes un puesto de tamales o un restaurante de manteles largos; el «derecho de piso» se ha vuelto una sombra que persigue a los que chambean derecho. Las autoridades reconocen que este delito es el que más terreno ha ganado, dejando a la ciudadanía con un sabor de boca muy amargo y una sensación de desprotección que cala hondo.

El mapa del mitote está bien marcado: alcaldías como la Cuauhtémoc, Miguel Hidalgo, Tláhuac, Benito Juárez e Iztapalapa son las que se están llevando la peor parte. En el corazón de la ciudad, donde el comercio es el rey, los dueños de locales ya no saben ni a quién encomendarse, pues los maleantes llegan con la mano extendida y la amenaza en la boca. No se trata solo de dinero, sino de la tranquilidad que les roban a los vecinos que solo quieren sacar adelante su negocio.

Pero no solo los locatarios están sufriendo las de Caín; nuestros amigos transportistas también están en la mira. Aquellos que operan rutas en las zonas más bravas de Iztapalapa y Tláhuac reportan que la situación ya llegó a niveles históricos. La extorsión se ha vuelto una «aduana» ilegal que encarece todo y que pone en riesgo la vida de los conductores, quienes tienen que lidiar con la presión de entregar una cuota para que los dejen circular sin que se arme la gorda.

Lo más preocupante de este asunto es la dichosa «cifra negra». Aunque el número de denuncias creció de forma alarmante, los expertos aseguran que la realidad es mucho más gacha, porque mucha gente prefiere quedarse callada por miedo a las represalias. Se estima que por cada valiente que va al Ministerio Público a levantar la voz, hay muchísimos más que prefieren agachar la cabeza y pagar la renta del miedo, lo que hace que el problema parezca menor de lo que realmente es.

A nivel nacional, la cosa no pinta mejor, pues la extorsión alcanzó niveles nunca antes vistos en este 2025. Sin embargo, en la CDMX el fenómeno tiene un tinte especial por la densidad de negocios y la movilidad. Los delincuentes han encontrado en la tecnología y la intimidación directa una mina de oro, afectando la cadena de suministros y hasta el precio final que nosotros, como consumidores, terminamos pagando por un kilo de tortillas o un pasaje.

Las autoridades capitalinas aseguran que ya están tras la pista de las bandas que operan estos esquemas, pero la realidad es que la delincuencia parece ir un paso adelante. Los operativos se ven rebasados por la rapidez con la que estas células se reorganizan. Los empresarios y pequeños comerciantes han hecho un llamado urgente para que se cambie la estrategia, pues ya no basta con patrullajes; se necesita inteligencia para desmantelar estas redes que le están chupando la sangre a la economía local.

Mientras el Gobierno busca cómo meterle el freno a esta bronca, los capitalinos seguimos demostrando que somos de mucha pieza, pero no por eso debemos acostumbrarnos a vivir con el alma en un hilo. La exigencia es clara: se necesita mano dura y resultados que se sientan en la calle, no solo en los papeles de la oficina. No se puede hablar de una ciudad segura cuando el que pone un negocio tiene que pagar doble impuesto: el del Gobierno y el de los malandrines.

Para cerrar con broche de oro este reporte, es vital que la ciudadanía no pierda la fe y denuncie, aunque sepa que el camino es sinuoso. El fortalecimiento de las denuncias anónimas y el seguimiento real de los casos son las únicas herramientas que podrían empezar a bajarle los humos a quienes creen que la ciudad es su caja chica. Por ahora, nos toca cuidarnos entre todos y esperar que este 2025 no termine siendo el año en que la extorsión le ganó la partida a la paz en la capital.

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